Otra vez estoy aquí, a pesar de que había jurado una y mil veces que no volvería, creo que debe existir en mi interior algún sentimiento masoquista oculto que me lleva a vivir una y otra vez situaciones que me provocan sufrimientos. Porque eso es lo que me produce atravesar las puertas de ingreso al banco y sumarme a las interminables colas ineludibles, que debo soportar estoicamente como una mártir, para poder realizar cualquier trámite por mínimo que sea.
Hoy elegí la caja tres, luego de realizar un rápido examen de los rostros y las actitudes de los cajeros, me siento Freud cuando realizaba sus interminables investigaciones sobre la psiquis del ser humano, claro que él dispuso de mucho más tiempo, yo cuento solo con minutos o quizás segundos, porque cuanto más dura mi indecisión la cola crece más y más.
Ya está, la tres es la que avanzará con mayor rapidez, además los que vienen con altas pilas de boletas siempre se colocan en la uno ¿Tendrán algún arreglo con el cajero? ¡Vaya uno a saber! Solo quiero desocuparme y salir.
No es que el lugar sea desagradable, al contrario, es un bello edificio, observo las molduras de las columnas y me imagino en el Partenón, quizás hasta me encuentre con Atenea y conversemos un momento, podría aprender mucho de ella.
Los gritos de una mujer fuera de si capta la atención de todos, la curiosidad me obliga a afinar el oído, pero aún así solo me llegan palabras aisladas, no llego a comprender lo que sucede y me distraigo.
Ya pasaron quince minutos y la cola no avanza, seguramente la cajera es una incompetente ¿Qué otra explicación habría? Y claro, las viven cambiando y para peor las eligen por su “buena presencia” más que por capacidad y solo logran que todo se vuelva más lento y tedioso.
Por fin adelanto dos pasos para volver a detenerme; la frustración me invade nuevamente. ¿Qué hace esa jubilada? ¿Todavía no se enteró que les habilitaron la cuatro solo para ellos? Pero la gente nunca se conforma.
Será mejor que practique la respiración que aprendí en la clase de yoga, me ayudará a hacer más tolerable la espera.
¿Y ahora qué? La cajera se ha ido ¡Siempre tienen algún pretexto, qué falta de consideración! No solo tenemos que soportar que se haga la modelo y esté en pose, sino que también se da el lujo de tomarse un descanso. ¿Y en nosotros quién piensa? Porque desconozco que existan descansos para los pobres que hacemos cola.
¿Y ese gordo? Seguro que intenta colarse, claro nadie quiere hacer cola y ya se ubicó en la caja ¿Y los de adelante no piensan decir nada? ¿Lo van a dejar que lo más tranquilo haga su trámite y se vaya? Ya nadie respeta a sus semejantes, los principios quedaron olvidados vaya a saber donde, si San Martín se levantara seguro que se vuelve a morir, pensar que el se esforzó tanto porque su pueblo sea libre y educado, pero quien se va a acordar de él, menos en la cola del banco.
Me dan ganas de salir corriendo, ya no me importa si me cortan la luz o me intiman de la tarjeta, eso me pasa por no aprender a usar el cajero automático, todos los meses me prometo lo mismo y después ni lo intento.
Comienza a hacer calor, encima con tanta gente ¿Habrán bajado el aire acondicionado? ¡Están locos! ¡No, es peor, no funciona! Y sobre llovido mojado, no encuentro la hebilla para recogerme el cabello, tengo tantas cosas en la cartera, algún día tendré que decidirme a sacar lo que no uso, porque el hombro ya me arde por tanto peso. Seguro que cuando aquella escritora dijo: “cuando más sudo más mojada estoy” estaba adentro de un banco y se había roto el aire acondicionado.
Por fin avanzamos, claro se acerca el mediodía y ahora a todos les entra el apuro, ella sabe que si no termina de atendernos a todos cierran las puertas del banco pero no se va hasta que se acabe la cola.
Me arden los pies, tengo sed y estoy tan cansada que comenzaría a llorar, pero me falta tan poco, solo queda delante mío esta mujer con anteojos oscuros, no entiendo a la gente que los usa en el interior, pero allá ella, lo único que me molesta es que ya me pisó tres veces, quizás por distraída o porque no está acostumbrada a usar tacos altos y se quiso producir para venir al banco ¡Cómo si se tratara de un gran acontecimiento! Opinión que por supuesto no comparto.
Finalmente llega el gran momento, ante la seña del guardia de seguridad me acerco a la caja como si fuera un momento culminante en mi vida, ya me olvidé de todo lo que me molestaba y hasta le sonrío a la cajera cuando la saludo, abro mi cartera para sacar los comprobantes para pagar y… ¡Sorpresa! No los encuentro, pero estoy segura de haberlos guardado anoche para no olvidarlos, mi mente trabaja aceleradamente, sigo con la vista los movimientos de mis manos, la cajera ya me mira impaciente, quedan muchos aún en la cola, los nervios no me permiten razonar con claridad, de pronto miro la cartera y advierto que toda la mañana apreté con mi brazo la cartera equivocada.¡Con razón no encontré la hebilla del pelo!
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